La cara desconocida de José María Sobral, el héroe de la Antártida

Leer el suelo como si fuera un archivo vivo, detectar cambios en el clima a partir de señales casi imperceptibles y buscar, bajo capas de tierra y roca, indicios de petróleo: así trabajaba un geólogo cuando esa profesión todavía no existía en la Argentina. Ese fue el terreno que empezó a explorar José María Sobral, una figura clave de la ciencia nacional e internacional, cuya trayectoria va mucho más allá de la épica antártica que suele recordarse. Su relevancia llega al punto de tener un mineral que lleva su nombre.

Sobral fue el primer geólogo argentino. Se formó en el exterior, cuando el país aún no contaba con estudios especializados, y puso ese conocimiento al servicio de un proyecto más amplio: entender el territorio y sus recursos. Antes de convertirse en un nombre asociado al hielo y a la supervivencia en condiciones extremas, ya había asumido una misión pionera: estudiar el subsuelo argentino como una herramienta para el desarrollo.

Su carrera lo llevó a la Antártida en 1901, cuando el continente blanco era casi un misterio para la ciencia. Integró la histórica expedición sueca encabezada por Otto Nordenskjöld y fue parte de una experiencia límite que lo marcó para siempre. Más tarde, ingresó a la Sociedad Geológica de Noruega y participó de los primeros intentos sistemáticos por evaluar el potencial petrolero de la Patagonia, en una época en la que hablar de hidrocarburos era todavía una apuesta a futuro.

Durante esas campañas, Sobral recorrió regiones inhóspitas y trabajó en condiciones extremas. De esos viajes quedaron registros poco conocidos: cuadernos de campo escritos a mano, en los que anotaba observaciones sobre el suelo, el clima y el paisaje patagónico. Clarín accedió a esas libretas, documentos que permiten reconstruir no solo su trabajo científico, sino también la dureza cotidiana de esas exploraciones.

Detrás del héroe antártico de 21 años hay, entonces, un investigador meticuloso y un militante del conocimiento aplicado al país. Su obra ayudó a sentar las bases de la geología argentina y a pensar el subsuelo como un recurso estratégico, en sintonía con sus convicciones políticas y su compromiso con el desarrollo nacional. A partir de archivos, manuscritos originales y entrevistas con especialistas, esta investigación reconstruye esa cara menos conocida —pero fundamental— de José María Sobral.

José María Sobral. Foto: Gaceta Marinera, 8 de mayo de 1980.

Nacimiento del primer geólogo argentino

El camino de José María Sobral hacia la ciencia no fue cómodo ni previsible. Detrás del reconocimiento internacional hubo una decisión personal que marcaría un antes y un después en su vida: dejar una carrera segura para apostar por una disciplina que en la Argentina todavía no tenía nombre. Ese quiebre —menos visible que sus hazañas en el hielo— fue, en los hechos, el verdadero nacimiento del primer geólogo argentino.

La experiencia antártica fue decisiva. En el continente blanco, Sobral empezó a mirar el territorio con otros ojos. Ya no se trataba sólo de sobrevivir al frío extremo, sino de observar, registrar y entender la tierra. De regreso en Buenos Aires intentó continuar su formación académica, pero se topó con un límite inesperado: la Armada le negó la licencia para estudiar. Ni siquiera la intervención del perito Francisco Pascasio Moreno logró torcer esa decisión.

Sobral con los suecos en la Antártida. Foto Ministerio de Defensa

Frente a ese obstáculo, Sobral tomó una decisión drástica. Pidió la baja de la Marina y eligió dedicarse de lleno a la ciencia. Con el respaldo intelectual de Otto Nordenskjöld, el explorador sueco con quien había compartido la expedición antártica, viajó a Suecia para estudiar geología en la Universidad de Uppsala. Allí inició una formación rigurosa que marcaría el rumbo de su carrera.

El 28 de mayo de 1913 se graduó con honores como Doctor en Geología, convirtiéndose en el primer argentino en obtener ese título. Sus trabajos de esos años lo muestran como un investigador de campo preciso y metódico, especializado en el estudio de las rocas, una tarea clave para entender cómo está formado el subsuelo.

Uno de sus trabajos más reconocidos en Suecia fue sobre el Granito de Henson. Foto: (Archivo DEHN).

De regreso en la Argentina, Sobral volvió con una idea clara: aplicar ese conocimiento al estudio sistemático del territorio nacional. Publicó investigaciones, elaboró mapas geológicos —una herramienta fundamental para identificar recursos— y se sumó a la Dirección General de Minas, Geología e Hidrogeología, conducida entonces por el ingeniero Enrique Hermitte. El organismo impulsaba un ambicioso plan para conocer un subsuelo que hasta ese momento era, en gran medida, un territorio inexplorado.

Por su especialización, Sobral fue enviado a realizar trabajos de campo en distintas provincias, entre ellas Misiones, La Rioja, Catamarca y Mendoza. Sus estudios se destacaron rápidamente por su calidad técnica. Hermitte llegó a afirmar que uno de esos trabajos era “el primer estudio de esa categoría realizado por un argentino”.

Refugio Suecia, instalado por la Expedición Antártica Sueca 1901/3..

En 1922, cuando Hermitte dejó la dirección del organismo, Sobral fue designado como su sucesor por el presidente Marcelo T. de Alvear. El nombramiento no fue casual: su identificación con el radicalismo y su compromiso con una ciencia al servicio del Estado formaban parte de un mismo proyecto. Desde ese cargo, continuó investigando, aunque en condiciones difíciles, con pocos recursos y escaso personal, una limitación que afectó la continuidad de los estudios y las publicaciones técnicas.

Sobral realizando trabajos de campo junto a Remigio Rigal. Foto: libro Historia de la Geología Argentina, una crónica de más de dos siglos de Victor A. Ramos.

Ese equilibrio se rompió con el golpe militar de 1930 encabezado por José Félix Uriburu. Identificado con el gobierno radical, Sobral fue desplazado de su cargo y apartado del ámbito científico estatal. “Le hicieron la cama”, resume el doctor en Ciencias Geológicas Guillermo Ottone, en referencia a una maniobra política ligada a su participación en la redacción del Código de Minería. El sumario administrativo que se inició nunca prosperó, pero alcanzó para marginarlo.

En 1931 fue cesanteado y regresó a Escandinavia, donde su prestigio académico seguía intacto. Un año más tarde, gracias a gestiones del entonces ministro Agustín P. Justo, fue designado cónsul argentino en Oslo. Desde ese rol diplomático, Sobral se mantuvo activo en el circuito científico internacional y sumó nuevos reconocimientos, entre ellos su incorporación a la Sociedad Geológica de Noruega.

Exploración y ciencia: Sobral y su rol en YPF

Todo ese recorrido —la formación académica, la gestión pública, el reconocimiento internacional y también los desplazamientos políticos— encontró una nueva proyección a comienzos de la década de 1930. De regreso en la Argentina, José María Sobral volcó su experiencia en un terreno donde la geología dejaba de ser solo ciencia para convertirse en una herramienta estratégica del desarrollo nacional: la exploración petrolera.

Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) recurrió a él en un momento clave. Lejos de los despachos y de la universidad, Sobral volvió al trabajo de campo, allí donde leer el paisaje y el subsuelo podía definir decisiones concretas sobre el futuro energético del país. Ingresó a la empresa en 1932, poco después de regresar de Noruega, y concentró su tarea en el oeste argentino, una región extensa, de difícil acceso y con escasos antecedentes exploratorios.

Su trabajo se desplegó principalmente en áreas del oeste de los entonces territorios nacionales de Río Negro y La Pampa, además de sectores de la Cuenca Neuquina y el sur de Mendoza. Eran verdaderas fronteras para la exploración petrolera. Sobral permaneció vinculado a YPF hasta su jubilación, en 1935.

Como jefe de una comisión geológica, tenía a su cargo una tarea precisa: identificar zonas con posibilidades reales —aunque siempre prudentes— de explotación de hidrocarburos. Su trabajo consistía en ir a lugares en las que se pensaba que podía haber petróleo. Sin embargo, también consistía en explorar, medir y registrar el subsuelo, una forma de afirmar la soberanía del Estado sobre territorios poco conocidos y todavía escasamente integrados.

Las campañas implicaban montar campamentos completos en medio de la Patagonia. Funcionaban como pequeños asentamientos temporarios, con logística para las perforaciones y, en algunos casos, incluso una escuela para los hijos del personal. La casa de una maestra construida en ese contexto aún permanece en pie, como testimonio de aquellas exploraciones pioneras.

En la región se iniciaron perforaciones que finalmente no dieron resultados productivos y fueron taponadas. Sobral participó de manera directa en al menos una de ellas, analizando la roca que emergía durante la perforación, un material clave para interpretar qué había debajo de la superficie.

Pero su trabajo empezaba mucho antes. Recorría el terreno, tomaba notas, dibujaba esquemas y observaba las capas de roca visibles en superficie. A partir de esas señales, definía dónde valía la pena perforar. Era un proceso que combinaba caminatas interminables, observación paciente y criterio científico.

La cuenca del Ñirihuau, en Río Negro, fue uno de los ejes centrales de su trabajo. Allí ya se conocían manifestaciones superficiales de hidrocarburos desde comienzos del siglo XX, pero faltaba una exploración sistemática. YPF decidió avanzar bajo una lógica estatal y científica más rigurosa, con Sobral en un rol central.

Algunos de los elementos más importantes de la expedición son los cuadernos de campo que dejó —a los que accedió Clarín— porque permiten reconstruir esa experiencia casi día por día. A fines de 1932, Sobral volvió a internarse en la Patagonia con un objetivo claro: leer la tierra antes de que otros la explotaran a ciegas.

El 26 de diciembre partió desde la estación Constitución rumbo al sur. Una llovizna persistente caía sobre Buenos Aires y dejaba el aire “lavado”, anotó en su libreta. En menos de un día pasó por Bahía Blanca, llegó a Patagones y cruzó al Territorio Nacional de Río Negro. “Por acá no ha llovido y hace mucho calor”, escribió. Para él, ese dato climático ya era una primera señal geológica.

Desde la ventanilla del tren, el paisaje se desplegaba como un libro abierto: rocas rojas, capas claras, mantos oscuros de basalto. Anotaba alturas, tipos de roca y posibles formaciones. El 28 de diciembre llegó a Bariloche, todavía más pueblo que ciudad, y pocos días después avanzó hacia la mina del Ñirihuau.

A caballo, en camioneta o a pie, siguió registrando todo: fallas, inclinaciones del terreno, temperaturas. El trabajo era constante, casi obsesivo. En diciembre de 1932 se instaló en la zona como jefe de la Comisión Geológica Regional de Río Negro y permanecería allí hasta septiembre de 1934.

Sus cuadernos no solo registran datos científicos. También consignan irregularidades administrativas que escuchaba o veía durante el recorrido: maniobras en la Dirección de Tierras, usos indebidos de embarcaciones oficiales, equipos en mal estado.

“Puso orden donde no lo había, tanto en el conocimiento científico como en la administración de los recursos”, explica el doctor en Geología Claudio Parica. Ese mismo impulso ordenador sería, con el tiempo, una de las fuentes de sus conflictos políticos.

El trabajo continuó incluso en fechas simbólicas. El 31 de diciembre llegó al puesto Catalán, donde compraron una oveja para despedir el año. El verano patagónico imponía su propio ritmo: mañanas frías, mediodías templados, cambios bruscos de clima. Sobral registraba todo.

Insistía en una lectura clave del terreno. De esa interpretación dependía identificar una estructura geológica favorable para buscar petróleo. Los días siguientes fueron una lucha entre descubrimiento y desgaste: vientos intensos, tormentas, caminatas extenuantes. Pero el 22 de enero llegó la confirmación. Desde un cerro, anotó datos que validaban su hipótesis: la estructura existía.

Anotaciones de las mediciones que el geólogo realizaba. Foto: Foto: manuscrito de José María Sobral (Archivo DEHN)

Siguieron nuevas verificaciones, errores corregidos, fósiles encontrados, capas enterradas que completaban el rompecabezas. La montaña, finalmente, había hablado.

Entre 1933 y 1934 se perforaron dos pozos fundamentales: el Ñirihuau 1, que alcanzó los 636 metros, y el Ñirihuau 2, que llegó a casi 1.500 metros. Sobral participó activamente en ambos, describiendo con precisión cada capa atravesada.

En paralelo, siguió explorando amplias zonas del oeste rionegrino: Jacobacci, Pilcaniyeu, el valle del Foyel y los alrededores de Bariloche. No se trataba de un pozo aislado, sino de una lectura integral del territorio.

Todas esas observaciones quedaron preservadas en sus cuadernos personales: descripciones técnicas, esquemas dibujados a mano, anotaciones climáticas. Allí conviven la ciencia rigurosa y la experiencia cotidiana de un geólogo que trabajaba a pie o a caballo, improvisando campamentos y resolviendo problemas logísticos en una Patagonia todavía indómita.

Sobral fue prudente en sus conclusiones. Consideró que las probabilidades petroleras eran bajas, pero recomendó al menos una perforación estratégica que permitiera vincular regiones ya productivas con zonas aún inexploradas. Para él, sin conocimiento del subsuelo no había desarrollo posible.

Ese convencimiento atraviesa toda su obra. En sus libretas, mapas y trabajo de campo, Sobral dejó una idea clara: conocer la tierra era una forma de construir soberanía.

La jubilación de José María Sobral en YPF, en 1936, fue apenas un trámite administrativo. No significó, en ningún sentido, un retiro de la ciencia. Siguió realizando estudios geológicos puntuales y mantuvo un vínculo constante con la Antártida, un territorio sobre el que insistió durante décadas en afirmar la soberanía argentina, con la autoridad de quien lo había recorrido cuando todavía era casi un misterio.

Sobral explicando al periodista su aventura en la Antártida, 18 de diciembre de 1960. Foto: Archivo Departamento Histórico de Estudios Navales

Su paso por la petrolera había estado atravesado por esa misma convicción. Participó en proyectos de exploración en zonas de frontera, regiones donde las chances de encontrar petróleo eran bajas, pero cuya exploración tenía un valor estratégico. No se trataba solo de extraer recursos, sino de conocer el territorio, medirlo, registrarlo y afirmar la presencia del Estado en áreas poco integradas al país.

Sobral asumía esas tareas con rigor científico y plena conciencia de su dimensión política y geopolítica. Además de su trabajo como geólogo, se destacó como administrador, tanto en minería como en YPF y en la Comisión Geológica Nacional, donde combinó conocimiento técnico y gestión pública.

Sin embargo, más allá de la relevancia administrativa de su función, su trayectoria no coincidió con la de Mosconi, uno de los principales impulsores del desarrollo de los yacimientos petroleros. Ello se explica por una diferencia temporal en su paso por la institución: hacia 1932, el denominado “Padre de YPF” ya había concluido su período al frente de la organización.

Algunos de sus estudios mantienen vigencia hasta hoy. Sus investigaciones sobre determinadas formaciones sedimentarias se convirtieron en una referencia obligada para quienes estudian la geología de la región. A eso se suma un aporte clave: su impulso a la primera ley de minas en la Argentina. Desde distintos cargos en el Estado, ayudó a sentar las bases de la regulación de uno de los recursos naturales estratégicos del país.

El reconocimiento a su trayectoria no fue solo local. Su formación sólida, su cultura enciclopédica y su vocación por el conocimiento le valieron prestigio internacional. Incluso la ciencia dejó una marca concreta de ese legado: un mineral fue bautizado con su nombre, la sobralita. Este fue descubierto por Sobral 1913, durante su estadía en Suecia y suele ser de color rosa, rojo o marrón. Su denominación fue una forma de consagrar al científico en el lenguaje técnico como el primer geólogo argentino.

Sobral en sus últimos años de vida. Foto: Revista Antártida.

Su huella persiste, además, en sus manuscritos. Escritos con una mirada que parece proyectarse hacia el futuro, como si supiera que serían leídos décadas después, sus textos combinan observación, experiencia y pasión por la exploración. Allí conviven la geología, la meteorología, la administración y una idea persistente: sin conocimiento del territorio, no hay soberanía posible.

Mucho antes de su incorporación a YPF, Sobral ya había construido una trayectoria sólida dentro del Estado. En 1914 ingresó a la Dirección General de Minas, Geología e Hidrogeología, un organismo que funcionaba con recursos escasos y poco personal, pero desde el cual logró impulsar avances concretos y una producción científica sostenida.

Durante esos años, su trabajo abarcó múltiples áreas: el estudio de grandes regiones del país, el análisis de rocas y minerales, la investigación de aguas subterráneas y la elaboración de mapas. Podía pasar del laboratorio al terreno sin perder precisión. Observaba una roca al microscopio, pero también leía el paisaje en su conjunto, convencido de que conocer el territorio era una forma de ejercer soberanía.

Investigó distintos tipos de rocas, revisó nombres geográficos y abordó problemas vinculados al agua en varias regiones del país. Realizó estudios en los Andes Australes y en provincias como La Pampa y Mendoza, donde combinó caminatas de campo, observación directa y análisis geológico. En todos esos trabajos aparece una idea constante: el territorio no era solo un objeto de estudio, sino una pieza central del proyecto estatal.

En ese mismo período participó de la primera publicación geológica argentina dedicada al estudio de la glaciación en la isla Laurie, en las Orcadas del Sur. En paralelo, se impulsaron obras fundamentales para ordenar el conocimiento existente, como el Mapa Geológico de la República Argentina, publicado en 1923, y el Mapa Hidrológico de la Argentina, en 1925. Esos trabajos marcaron un antes y un después en la manera de pensar el subsuelo del país.

Sobral también apostó de manera temprana a la cooperación científica internacional. A partir de los vínculos que había construido durante su formación en Suecia, promovió el intercambio académico y, en 1925, invitó a cuatro geólogos suecos a realizar trabajos de campo en la Argentina. Entre ellos se destacó Carl Caldenius, cuyos estudios sobre las glaciaciones en la Patagonia y Tierra del Fuego se convirtieron en aportes clave para comprender la historia geológica del sur argentino.

Ese entramado —investigación en múltiples áreas, producción escrita, gestión estatal y vínculos internacionales— consolidó una figura científica con proyección más allá de las fronteras del país. No fue casual, entonces, que Sobral fuera seleccionado como el único representante argentino para integrar la Expedición Antártica Sueca, dirigida por Nordenskjöld.

José María Sobral (izquierda) y Otto Nordenskjöld (derecha). Foto: Cool Antarctica, “Nordenskjöld Antarctic Expedition”.

Cuando el explorador sueco obtuvo apoyo logístico del gobierno argentino para la expedición del Antarctic (1901–1904), Sobral fue incorporado como voluntario al equipo pese a su juventud: tenía apenas 21 años y una formación científica aún incipiente. Durante la primera invernada, realizada en la isla Snow Hill entre 1902 y 1903, el grupo llevó adelante estudios geológicos, meteorológicos y paleontológicos en condiciones extremas.

Sobral en la expedición a la Antártida estudiando el territorio. Foto: libro Historia de la Geología Argentina, una crónica de más de dos siglos de Victor A. Ramos.
El refugio de la expedición en la Antártida donde vivió Sobral. Foto: libro Historia de la Geología Argentina, una crónica de más de dos siglos de Victor A. Ramos.

Esa experiencia fue decisiva. Allí se forjó el vínculo de Sobral con la ciencia y con la Antártida, un camino que sería impulsado por el propio Nordenskjöld. Al verano siguiente, el buque Antarctic (anti-ártico) intentó regresar para recoger a la expedición, pero quedó atrapado en el hielo y finalmente naufragó. Los científicos debieron afrontar un segundo invierno aislados en el continente blanco.

En Buenos Aires, ante la falta de noticias, comenzó a organizarse una misión de rescate encabezada por Francisco Pascasio Moreno y el teniente Horacio Ballvé. La operación tuvo repercusión internacional: Francia, Suecia y Estados Unidos también preparaban expediciones. Finalmente, fue la corbeta argentina Uruguay -que está anclada ahora como museo en Puerto Madero-, al mando del capitán Julián Irízar, la que logró llegar hasta la Antártida y rescatar al grupo, tras una travesía extrema que incluyó una caminata final de más de 20 kilómetros sobre el hielo.

El 2 de diciembre de 1903, la corbeta arribó al puerto de Buenos Aires y fue recibida por una multitud. Los expedicionarios fueron celebrados como héroes nacionales. Entre ellos estaba el alférez Sobral, que desde ese día quedó inscripto en la historia como el primer argentino en pasar una invernada en la Antártida.

La experiencia dejó una marca profunda. El aislamiento, la disciplina y la vida en condiciones extremas moldearon un carácter que luego se reflejaría en su forma de trabajar, de pensar el territorio y de vincular la ciencia con el destino del país.

El hombre detrás del científico y explorador

Después de recorrer su obra científica, el paso por la Antártida y su papel en la exploración del subsuelo argentino, surge una pregunta inevitable: ¿quién fue José María Sobral, más allá del geólogo y del explorador? Detrás del científico y del funcionario público hubo un hombre marcado por decisiones tempranas, disciplina naval y una vocación que se forjó en condiciones extremas.

Sobral nació el 14 de abril de 1880 en Gualeguaychú, en el seno de una familia de origen vasco y de clase media. Fue el mayor de ocho hermanos y pasó su infancia en esa ciudad entrerriana hasta que, con apenas 14 años, tomó una decisión que marcaría su vida: ingresar a la Armada Argentina. En 1898 egresó como alférez y rápidamente se destacó por su rendimiento académico y por una personalidad firme que lo diferenciaba de sus compañeros.

Entre 1899 y 1900 realizó el tradicional crucero de instrucción a bordo de la fragata Presidente Sarmiento, una experiencia central en la formación de los oficiales de la época. Aquella travesía consolidó su vocación naval y moldeó un carácter disciplinado y metódico. La posterior ovación pública que siguió a su participación en la expedición antártica no alteró, sin embargo, su manera de ser.

Quienes lo conocieron coinciden en describirlo como un hombre de trato amable y presencia serena. Transmitía energía, voluntad y un fuerte sentido del deber. De estatura mediana, cabello oscuro y aspecto cuidado, vestía con pulcritud y dejaba una impresión inmediata de integridad e inteligencia.

Generaba simpatía en sus interlocutores y proyectaba entusiasmo y honestidad de manera genuina. Incluso en los momentos de mayor reconocimiento público, la fama no modificó su conducta: siguió siendo sobrio, cercano y fiel a sí mismo.

Esa imagen personal coincidía con las evaluaciones formales de la Armada. En su legajo era calificado como un oficial enérgico, robusto y en excelente estado de salud, de conducta “muy buena” y con gran corrección en el uso del uniforme.

Sus superiores destacaban además una capacidad poco habitual para la época: dominaba y traducía sin diccionario inglés, francés, noruego, sueco, italiano y danés. También se subrayaban sus aptitudes para la vida en el mar, sus condiciones para el mando de tropa y su idoneidad como oficial de derrota, funciones que había desempeñado con solvencia.

La valoración final no dejaba lugar a dudas. En un informe oficial, el comandante Adolfo M. Díaz lo definió como “un oficial muy activo y celoso en el desempeño de todos sus servicios militares” y cerró con una recomendación explícita: Sobral era un hombre indicado para las comisiones más exigentes.

Sobral junto a científicos trabajando en el observatorio meteorológico de la Isla Laurie, Antártida. Foto: libro Historia de la Geología Argentina, una crónica de más de dos siglos de Victor A. Ramos.

Sin embargo, ese carácter firme también tenía aristas. Su hijo Alvar lo recordaba como un hombre riguroso, de temperamento fuerte y poca tolerancia a la improvisación. Se rebelaba, decía, contra todo aquello que no respondiera a la verdad, la lógica y la ciencia. Esa exigencia atravesó tanto su vida personal como una obra científica extensa y diversa.

No todos lo evocaron del mismo modo. El general de brigada Edgar Calandín lo definió como un hombre reservado y áspero en el trato cotidiano, una mirada que introduce matices sobre una personalidad compleja: brillante y rigurosa, pero no siempre sencilla en lo interpersonal.

Sus experiencias lo ubicaron en un lugar singular dentro de la historia científica argentina de comienzos del siglo XX. Sobral fue el primer argentino en invernar en la Antártida y, al mismo tiempo, el primer geólogo del país con formación académica completa en el exterior. Cuando regresó a la Argentina, era —en términos estrictos— el primer geólogo argentino.

Esa formación excepcional le otorgó una mirada distinta sobre el territorio: metódica, sistemática y rigurosa, pero también incómoda para un contexto en el que el conocimiento geológico solía ser fragmentario, improvisado o subordinado a intereses coyunturales. La experiencia antártica fue decisiva. Durante los meses de aislamiento en Snow Hill aprendió sueco y comenzó a interesarse de manera sistemática por los fósiles y las rocas. El contacto cotidiano con científicos extranjeros lo introdujo en otra forma de pensar la ciencia, una influencia que atravesaría toda su trayectoria.

Sobral fue geólogo por profesión y por vocación. No solo un científico, sino también un administrador eficiente, un hombre culto y letrado, con un saber poco común para su época. En esa combinación —disciplina naval, rigor científico y experiencia extrema— se explica una figura que dejó una marca profunda en la historia de la ciencia argentina.

El final de una vida que marcó una época

José María Sobral murió en Buenos Aires el 14 de abril de 1961, el mismo día en que cumplía 80 años. Con su fallecimiento se cerró una vida marcada por la exploración, la ciencia y el servicio al Estado, pero también se consolidó una herencia que continúa dialogando con el presente.

Su recorrido —del hielo antártico a las aulas europeas, de la gestión pública al trabajo de campo, de la cartografía geológica a la exploración petrolera— no respondió a una acumulación de cargos ni a la búsqueda de reconocimientos personales. Fue, más bien, la expresión de una forma particular de entender el conocimiento: como una herramienta para conocer el territorio, medirlo, registrarlo y pensarlo en clave nacional.

Traslado de los restos de Sobral al Panteón Naval. Foto: Archivo Histórico Nacional.

Quienes estudiaron su trayectoria coinciden en señalar una inquietud permanente como rasgo distintivo. Esa curiosidad constante funciona como un hilo conductor de toda su vida y permite comprender una convicción que atravesó su obra: sin ciencia no hay soberanía posible, y ningún recurso puede ser aprovechado sin antes ser comprendido. Para Sobral, el subsuelo argentino y la Antártida compartían una misma condición: debían ser estudiados con rigor antes de ser ocupados o explotados.

Primer geólogo argentino, explorador polar y científico de campo, Sobral dejó algo más que investigaciones, mapas y publicaciones. Dejó una manera de mirar la tierra y de pensar la soberanía nacional. Una mirada exigente, incómoda y profundamente moderna, que aún hoy sigue marcando el rumbo de la geología argentina.

*Por Blasco Lola y Mascetti Candela, maestría de la Universidad de San Andrés y Clarín

Fuente: www.clarin.com

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